En la caverna los Reyes Magos no son reyes ni magos. Eso sí, tienen que ser hombres. Baltasar puede no ser negro. Se pinta y sanseacabó el problema. Porque si los ojos fueran escrupulosos, igual Baltasar debería ser un negro. O, se me ocurre, si Baltasar no es negro, igual Melchor podría ser un negro pintado de blanco. ¿No es lo mismo? Pues no, no es lo mismo. Ya sé que parece increíble. Pero, en la caverna, no es lo mismo un negro pintado de blanco que un blanco pintado de negro.
Algo parecido pasa con los pajes. Los pajes pueden no ser pajes. Pueden ser pajas. Una mujer con mallas, en la caverna, siempre es bienvenida. Y si es con escote, mejor. Un hombre en mallas no es tan agradecido. Pero una mujer con las ropas bien apretadas, unas plumas y un escote, hace de paje fenomenalmente. Claro, todo esto visto con ojos de macho. Con ojos de muy macho.
¡Una mujer! ¡Un negro! Igual lo que no gusta no es eso exactamente. Igual lo que no gusta es que las mujeres representen el papel de rey y, además, mago. Como tampoco gusta que un negro represente a un rey blanco. El caso es que en la caverna se lleva muy mal que se disfrace una mujer con las barbas de Melchor o que un negro haga de blanco. Y además todos eso lo defendemos apelando a la tradición, o al buen gusto, o a la fidelidad a no se sabe bien qué principio. Otra cosa no, pero aquí abajo se nos da muy bien disfrazar nuestras miserias con argumentos muy afilados. Tan afilados como miserables.
A la alcaldesa Carmena se le ocurrió disfrazar a mujeres de Reyes Magos. Y la lió. Los perros ladraron. De la misma manera, Carmena eliminó el privilegio de los vástagos de los más poderosos a tener un asiento cercano a sus majestades. Y cedió ese privilegio a los minusválidos. Y la lió. Pero los perros no ladraron en este caso. No sé si porque no está bien visto. El caso es que si Carmena hubiera vuelto a poner señoras pajes con mallas y escotes, nadie hubiera protestado.