10 enero, 2016
El ajo catalán
Creo que fue Victoria Beckham la que en algún momento dijo que España olía a ajo. Así, como despectivo y agreste lo dijo. Como es ella. Incapaz. Aunque quizás tenga razón. Es que el ajo se huele en los demás solo cuando antes no has comido ajo. En la caverna todos comemos ajos. Y, claro, no nos escandalizamos. Andamos con las narices metidas en los gaznates de los "otros" por si les olemos el ajo, pero no. Desde Cádiz a La Junquera. Es así. Los etnicistas quieren ver diferencias. En cuanto a los ajos. Diferencias sociales, ideológicas, culturales, históricas,... Las mil y una. La polla en vinagre, que diría un muy admirado mío. Y, por cierto, que el vinagre también debe apestar. Pero volvamos al ajo. En la caverna huele tanto a ajo en La Junquera o en Manresa como en Úbeda o Puerto Hurraco. ¿Ejemplos? Igual se enerva Rajoy diciendo que el sentido común es él, como se enerva Mas afirmando que él es el Bien. Porque de encarnaciones metafísicas también somos mucho en la caverna. Igual recorta uno como otro e igual representan uno y otro a los que tienen la sartén por el mango. También igual uno y otro se enredan en las banderas nacionales para soliviantarse y amordazar las almas de los cavernarios. Igual se comen con patatas a los antisistema como a los reformistas y rojos. También los dos son mucho de digitalizar. Y levantan sus dedos para señalar a quienes han de manejar los hornos. Igual. Uno y otro. Y si no es así, qué me digan cómo es posible que el ajo igual dé sabor al allioli como al gazpacho. Porque, sinceramente, un gazpachito y después unas costelletes amb allioli son un regalo para el paladar cavernario.
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