En la caverna aún quedan príncipes y princesas. Es otra manera de ejercer el poder. Es otra manera de ejercer la violencia. Porque el que nace príncipe posee todo aquello que el resto no poseerá. Para ellos, la herencia es el poder. Bueno, ahora es el poder de no hacer nada y representar. Aclaro: representar es otra manera de no hacer nada. Y de paso hacer negocios, eso sí. ¿Por qué? Pues, ya lo he dicho, por nacer. ¿La violencia? Pues por el hecho de condenar a los demás. Los demás: condenados a no tener los privilegios que el príncipe y la princesa sí tendrán. Pero es que en la caverna los privilegios se heredan. Los tronos, las fortunas, los privilegios. A muchos ya les va bien. ¿Por qué? Pues porque también participan del poder. Eso sí, a los príncipes se les ve mucho más. A los otros no se les ve tanto, pero ejercen. A veces, las princesas encuentran a los príncipes convertidos en sapos. Les besan y se convierten en príncipes. Eso dicen los cuentos de la caverna. Aunque los cuentos no son más que cuentos. Ahora ya lo sabemos. Y los cuentos son otra manera de ejercer la violencia.
Las princesas convierten a los sapos en príncipes. Pero a Cristina no le pasó eso. Fue al revés. A Cristina, el príncipe se le ha convertido en sapo. Ella ha contribuido. Por codicia o porque no se entera de una pimiento. Es igual. Porque el sapo esta vez es suyo. Debo aclarar: este sapo no ha hecho nada que otros no hicieran. Pero a este sapo, trajinar con sus privilegios le ha salido rana. Pensó que todo podía continuar igual. Que siempre sería el hijo malcriado que siempre fue. Que arrimado al poder, jamás nadie se le acercaría. Pero, hete aquí que se le complicó. Un juez no se creyó lo de los privilegios y una parte de la caverna ya no quiso creerse el cuento. Y el príncipe se convirtió en sapo. Ella, seguramente, no entiende nada. Porque las princesas no comprenden ni necesitan comprender nada. Para eso son princesas. Naces princesa, vives princesa y mueres princesa, arropada con tus privilegios. Pero el sapo la ha despertado del sueño. Y ella se siente sapo también. ¿Llora la princesa? Pues seguro que sí. La infanta, la casi princesa, llora porque ahora se ve saltando de charca en charca, cazando con su larga lengua insectos asquerosos entre el cieno de la caverna. La princesa llora. Pero son lágrimas de sapo. Que deben ser como las de cocodrilo. Los sentimos, Cristina. Los demás ya hemos llorado demasiado como para apiadarnos de tus lágrimas de sapo. Cristina, la sapo, e Iñaki, el sapo, deben llorar. Les toca por una puñetera vez. Y quizás así entienda que, aunque el cuento diga lo contrario, ellos nunca fueron más que sapos con privilegios. Que es, ya lo he dicho, otra manera de ejercer la violencia.