Líneas rojas. ¡Qué mala pata tiene siempre el rojo! El rojo siempre quema. El rojo siempre esta maldito. Hasta tus labios rojos parecen malditos, si los pinta la pasión. En la caverna, claro. Más allá, donde el cielo encierra los sueños, el rojo es una bendición. La ilusión se viste de rojo, allá afuera. Y en el rojo se enredan las esperanzas. Nada de verde. La esperanza en rojo sanguíneo. La esperanza, la carne, la ilusión y la sangre. Y también tus labios rojos. Los de la pasión. Los de la esperanza en el sentir que hemos vivido. Pero en la caverna, el rojo es peligro. Más que el ámbar, que no es chicha ni limoná. Así, en la caverna, las líneas rojas son las que no se pisan. Líneas rojas para apartar y separar. Allá donde no iremos, se dibuja con una línea roja.
Y en estas, ahora, los partidos describen sus líneas rojas. No discutiré yo sin han de ser o no, o si han de ser unas u otras. No soy quién. Soy, como todos los sin voz que miramos desde lejos, mucho más que quién. Aunque ellos no lo sepan. ¿Líneas rojas? Pues sí. He dicho que no, pero dos líneas después digo que sí. Para eso soy mucho más que quién. Para desdecirme. Así que alguna línea roja habrá que dibujar. Las mínimas. Las de la dignidad, al menos. La dignidad que intentaron arrebatarnos. Porque el PP se encargó de intentarlo. De eso no podemos olvidarnos. ¿Quieren líneas rojas? Ahí van unas cuantas. Con usted, señor Rajoy, ni a la acera de la esquina si no revoca las leyes de lo indigno. La LOMCE, ¿se acuerda? Aquella ley que nadie, excepto sus acólitos, aceptó. Otra: la reforma laboral. Aquella ley que nos condenaba a ser una mercancía más. Aún más, quiero decir. La ley que nos despojaba de unos cuantos derechos que aún nos quedaban. ¿Más? Pues sí. Escupa usted, señor Rajoy, sobre la ley mordaza. Maldígala en público. ¿Quiere más? Devuélvanos el derecho a estar protegidos antes que los bancos. Abjure de sus desmanes. Llore por haber abandonado a quien debiera proteger. Quiero oírle llorar. Gimotear el perdón por sus pecados. ¿Líneas rojas al PP? Pues claro. Y si hay alguien dispuesto a firmar sus desmanes y a auparle en hombros, que le persigan por siempre los remordimientos por haber traspasado las líneas rojas de lo indigno.