03 febrero, 2016

El arte de decir y no decir en política

El lenguaje político cavernario tiene una serie de características propias. Advierto que yo no soy nadie. Mejor dicho, yo no sé nada sobre el tema, pero sí me fijo mucho. Espera, espera un momento antes de dar carpetazo. A ver, yo me fijo y no creo que lo haga tan mal. Porque soy de abrir mucho los ojos y querer comprender. En todo caso, si me equivoco, espero rectificaciones. Soy todo orejas. O casi todo. En la caverna es importante seguir aprendiendo siempre. Hay que estar al día. En la caverna hay que conocer cada rincón, si quieres ser alguien. Y yo ya he dicho que no soy nadie. En todo caso, estoy en proceso de dejar de ser nadie. Y sí, ya sé que esto no asegura más que la intención. Pero, a falta de sabios, buenos son aprendices. Voy allá.

Ambigüedad. La ambigüedad es un arte. Decir lo que no se quiere decir, pero insinuando lo que queremos decir: a elecciones. O decir lo que queremos decir, pero sin dejar de decir lo que no queremos mencionar: a elecciones. Complicado, ¿no? En realidad no es complicado. Lo complicado es entenderme a mí. Es que yo me explico y me tengo que leer dos o tres veces para entenderme. Si ya lo sé. Ahí va mi solidaridad para con los que quieran entenderme. Volvamos. La ambigüedad debe tener un fin: poder rectificar en cualquier momento afirmando que querías decir lo que no se te entendió: a elecciones. Es importante que no te pillen con el culo al aire. Por cierto, ¡qué imagen, por Dios! A lo que iba. Todos llevan semanas jugando a no decir lo que no quieren, o a no decir lo que quieren, pero sin que nadie pueda afirmar que lo dijeron o que lo querían. ¡Dios, me he leído tres veces y aun no me he entendido! Pero es que la ambigüedad es un arte. Moverse entre las tinieblas, sorteando sentidos que se levantan como muros y sin romperte la crisma. Toda una habilidad que no está al alcance de todos. Yo no sobreviviría ni con chichonera de titanio.

Deslizamiento. Otra habilidad que yo admiro. Dejar ir los sentidos sin que nadie pueda atribuirte haber dicho nada. O atribuírtelo, pero sin que sea un frente abierto. Con disimulo y una sonrisa en la cara. Cuidado, esto es mucho más que una simple insinuación. Esto es deslizar el yunque sin que nadie pueda olerlo hasta que haya aplastado la crisma a la víctima. Después de escuchar a Pablo, uno tiene la impresión de que Rajoy es un inútil que ni dibuja ni una O con un canuto, que Rivera es un tipo sin poder ni carisma y que Pedro es un timorato indeciso. Oyendo a Sánchez, sin que llegue a decirlo, se desliza la radicalidad bolivariana de Iglesias o que la podredumbre de Valencia no deja aire limpio en Génova o que la derecha comprensiva la encabeza Rivera, aunque muy pardilla. O escuchando Rivera...no, éste no domina tan bien el deslizamiento. Como tampoco lo domina el primario Rajoy, aunque hace sus pinitos con Sánchez y los separatistas catalanes, o con Iglesias y el chavismo. Porque, cuando dominan el arte, los sentidos se deslizan con vaselina hasta hincarse bien adentro. ¡Por Dios, otra vez la imagen! No tengo solución.

Total, que nos vamos de elecciones, parece. Porque al final, uno tiene la impresión que desde el 21 de diciembre todo el mundo sacó la calculadora y comenzaron a descontar y sumar de cara a la primavera. Más gestos que hechos. Más palabras y campaña en la sombra que decisiones políticas de calado. Iglesias desea gobernar porque sus votos son para gobernar. Sánchez apunta hacia el PP porque sus votos son contra el PP. Rivera...ni chicha ni limoná porque pocas cosas más tiene para ofrecer. Y Rajoy, donde siempre, viéndolas venir que es como menos se desgasta uno.