17 abril, 2016

Maldito WhatsApp

En catalán hay una expresión que me gusta y que expone muy gráficamente cuando pasa eso tan común de perder el norte, ese momento en el que nos dejamos arrastrar por el entusiasmo que provoca nuestra soberbia bien inflamada. La expresión en cuestión es "ens hem begut l'enteniment". Traducirla por "nos hemos bebido el entendimiento" no es adecuado, pero encontrarle sentido en "nos hemos emborrachado de nosotros mismos" sí parece más acertado. Pues bien, en la caverna "ens hem begut l'enteniment". Bueno, en realidad lo hacemos cada dos por tres. Nos ensoberbecemos tan a menudo que el día que explotemos vamos a dejarlo todo perdidito de efluvios varios. Eso sí, todos procedentes de nuestro orondo yo. El yoismo, esa enfermedad corrosiva que se nos ha agarrado al alma como una garrapata. Pero es que en la caverna viven y se reproducen con facilidad parásitos como ése.

Este entusiasmo de nosotros mismos nos lleva a hacer las mil y unas gilipolleces... perdón, quería decir insensateces. Nos enborrachamos tanto de nosotros mismos que llegamos a creer que somos la leche en patinete. Y, claro, se nos desbocan las ideas. Las más peregrinas o las más imbéciles. Y sin que seamos capaces de controlar el caudal. Al final todo se nos queda la caverna hecha unos zorros. Voy con la última gilipollez... perdón, quería decir insensatez, que se nos ha ocurrido. En este caso proviene del ámbito de la educación. He leído en un diario digital catalán, el Diari Ara, un artículo sobre la utilización del WhatsApp en la educación. Por lo que he leído, parece ser que a un iluminado se le ha ocurrido hacer grupos de WhatsApp con las mamás y los papás de sus alumnos. Claro, el problema aparece en el momento en que a los papás y las mamás se les ocurre comunicarse por WhatsApp para criticar a los profesores, o para aclararse entre ellos por las tareas que deben hacer sus hijos, o para discutir el disfraz de carnaval, o para poner verde a la dirección o a la cocinera del comedor escolar o al conserge o a quien sea. El caso es hablar y dar lecciones de cómo debería funcionar el mundo, aprovechando para ello los intermedios de Gran Hermano Vip y mientras dejan escapar una ventosidad en el sofá. Así calentito es más fácil pontificar. Y el maestro o profesor en cuestión ha pensado, pues me meto en el grupo y ordeno el tráfico de genialidades e impertinencias. Y, al leerlo, ha sido cuando yo me he llevado las manos al casco y he pensado, ¿es que no filtramos, insensato? ¿Ahora los maestros y profesores deberán también ordenar el tránsito verborreico de papás y mamás? ¿No es suficiente con hacer su horario presencial, el no presencial y el espiritual, que además deberán hacer de conductores de ocurrencias paternales y maternales, día y noche? Y, sin calcular el alcance ni los peligros de la ocurrencia, seguro que el maestro o profesor en cuestión estará muy orgulloso de su iniciativa. Pero la ha cagado.

Y es que no es solo eso. Es que, con el maldito WhatsApp, los papás y las mamás tienen un arma de destrucción masiva. Me pregunto, ¿tienen sus hijos la oportunidad de saltarse las normas y de no hacer aquel ejercicio de matemáticas que les repatea las tripas? ¿Podrán decidir por sí mismos qué deben o qué no deben hacer y aprenderán que sus actos tienen consecuencias? ¿Crecerán sus hijos y llegarán a ser capaces de limpiarse los mocos por sí mismos sin que su papá les mande una foto al WhatsApp del color exacto de las flemas? ¿Aprenderán las mamás y papás que cualquier ocurrencia no puede airearse sin filtro previo, que todo tiene un tempo y que la privacidad es un pilar de la libertad? ¡Maldito WhatsApp! Aunque no. La culpa no la tiene WhatsApp, la culpa es de la incapacidad para filtrar y decidir qué es importante y qué no. Nos hemos venido arriba y esto se nos va de las manos.