Se discute en Catalunya, en esta parte de la caverna en la que nací y vivo, sobre las reclamaciones que sindicatos hacen de las condiciones laborales de los profesores. Se discuten muchas más cosas y algunas relacionadas con la mejora de la educación, ya lo sabemos, pero yo quiero centrarme en ésta. Veamos pues a quién beneficiaría una mejora en las condiciones laborales de profesores y maestros. Primera pregunta: ¿A qué condiciones laborales nos referimos? Creo que el asunto se concreta en la disminución de las horas de clase. Los sindicatos reclaman la rebaja de dos horas, las mismas que se aumentaron con la excusa de la crisis, y el govern ofrece la rebaja de una. Pero vamos a ponernos más drásticos. Supongamos que se reclamara una disminución de las dos horas de clase y además un aumento de las remuneraciones. Si fuera así, centremos de nuevo la pregunta: ¿A quién beneficiaría una disminución de las horas de clase y un aumento de los sueldos de profesores y maestros?
Al llegar aquí, muchos dirán: a profesores y maestros. Pero yo voy a decir que no. Voy a afirmar rotundamente que el aumento de salarios y la disminución de horas de clase beneficiaría al sistema educativo, a la calidad de la educación y, como consecuencia, a la sociedad. Me refiero a esta sociedad. A la nuestra, para más señas. Sí, sí, la que depende de nosotros. Pero, ¿por qué beneficiaría a nuestra sociedad? A ver si me explico con claridad. Empecemos por pensar qué tipo de profesores querríamos para nuestros hijos. Yo, sin dudarlo, diría que querría a profesionales comprometidos, bien preparados, actualizados, innovadores, dispuestos a formarse, que sepan y quieran evaluarse para mejorar,... ¿Alguien en desacuerdo? Supongo que no. ¿Y cómo se consigue esto? Pues yo conozco el secreto: con horas de dedicación y con sueldos que atraigan a los mejor preparados.
Cada hora de clase implica horas de preparación, de programación, de diseñar actividades, además de correcciones, seguimiento de trabajos, alumnos, autoevaluación y revisión de la tarea docente. El trabajo de un profesor no se agota en la hora de clase. Esa hora de clase es el resultado de otras horas de preparación -anteriores- y de revisión -posteriores. Por eso, yo quiero a profesores que puedan estar informados de las últimas novedades editoriales, que conozcan la cartelera de cine y teatro, que asistan a conferencias y experiencias universitarias, que puedan aumentar la formación en su especialidad, que compartan experiencias con otros docentes, que se formen en innovación, que experimenten, que puedan visitar museos, que revisen su actividad y que se evalúen. Quiero profesores que puedan investigar con años sabáticos pagados por la administración para que aporten mejoras al sistema. Quiero profesores que viajen y conozcan otros sistemas educativos. Quiero profesores que puedan transmitir entusiasmo e innovación, que sean capaces de despertar el interés por la investigación, el arte y la acción positiva en la sociedad. ¿Es posible que alguien no esté de acuerdo? No, no me puedo crerer que haya alguien disconforme. Aunque debo reconocer que también es posible que la estupidez gobierne el pensamiento de muchas personas -la realidad política, nacional o internacional, os lo confirmará. Pero sigamos. Ahora viene otra pregunta: ¿Cómo se consigue ese tipo de profesores? Pues ni más ni menos que con horas de dedicación que deberían estar reconocidas en su horario laboral. ¿Por qué? Porque son profesionales y sólo así se les puede exigir profesionalidad. La calidad de la enseñanza no se alcanza con más horas de clases. ¡Qué estupidez! La calidad de la educación se alcanza con el compromiso de la sociedad al reconocer la tarea docente y con el compromiso de los docentes para realizar bien sus responsabilidades. Y si no queremos dar más horas a los docentes para que aumente la calidad de la educación, al menos admitamos que es porque nos importa mucho más el dinero que la calidad.
Y en cuanto a la retribución, lo mismo. No hay un solo profesor que quiera hacerse rico con su profesión. Sería otro idiota. Pero si queremos a los mejores para que trabajen con el material hipersensible de nuestros jóvenes -nuestros hijos y nuestro futuro-, deberíamos retribuirles como se merecen. Ésta, la tarea de educar, ha de ser reconocida como fundamental, altamente especializada y de una alta dedicación y exigencia. Y ya está. Suficiente. ¿Es que no debería ser así? Por lo tanto, esta profesión no se puede pagar con sueldos bajos, si es que no queremos que los mejores huyan y nos dejen un solar yermo y abandonado. Y si por desgracia fuera así, si por desgracia abandonáramos la educación a su suerte, olvidémonos entonces del futuro que soñamos y dispongámonos a vivir eternamente en las sombras de la caverna.