Los gestos son más importantes que las palabras. A veces. Muchas veces. Demasiadas veces. Y digo demasiadas porque la voz engolada, el alzamiento del mentón, la vista perdida en lontananza, una mano en el corazón, un par de sonrisas agradecidas, una leva caída de ojos, el sentido fruncir de la frente que aparece y desaparece, las manos cogidas y alzadas en muestra de agradecimiento, el pausado caminar, el cuerpo erguido huyendo de su propia estatura,..., son tantos y tantos los gestos del mártir que podríamos componer el tratado definitivo sobre gestualidad, a la luz del muestrario que el president Mas nos ha regalado en sus últimas intervenciones públicas. Aunque yo creo que tanto abusar del muestrario sólo pueden tener un final más que previsible: la escoliosis o la artrosis o, al menos, unas cuantas contracturas. Demasiado esfuerzo para un cuerpo demasiado humano.
Es como la multitud que, ante el pretendido patíbulo hacia el que se dirigía el President, demesuraban cualquier tipo de protesta avanzando hacia el terreno de lo folclórico y lo esperpéntico. De hecho, a mí me da que los líderes de otros partidos de izquierda que se quisieron unir al espectáculo, llegaron a pensar: "¡Por todos los clavos de Cristo!, soy como un arenque en una escudella hirviendo". Seguro, vamos. Porque la izquierda en Catalunya está un poco despistada. Muy despistada. Eso también os lo digo. Con cada paso que da rompe algo. Jarrones, macetas, platos, estatuas, ilusiones, ideas, reivindicaciones, nortes,... Todo queda hecho trizas tras el paso del fenómeno catalán. Porque algo sí tiene de fenómeno. Lo de Catalunya, digo. De hecho, estoy convencido de que el fenómeno catalán será estudiado en el futuro por la capacidad que tiene de engullir todo cuanto se mueve a su alrededor. Si tuviéramos a mano por aquí a un Dalí, ya hubiera pintado el Gran Chupador con una barretina en la testa y unos cuantos restos de buenas ideas de izquierda a los pies. Porque nada existe más allá del horizonte que dibuja el "melic català". Nada. Ni hambres, ni injusticias, ni pobrezas. Nada se ilumina en los rincones de su caverna.
Pero volvamos al President. La afectación es tan evidente que uno puede entrever el guión escrito por los emanuenses nacionales. La indecorosa puesta en escena -convidando a los de siempre, fletando autocares, incendiando los mismos corazones, apoderándose de los sentimientos y de su expresión- tiene su culmen en la majestuosidad con la que acompaña cada uno de sus gestos el molt honorable President. Este hombre ha tenido mala suerte. Este hombre hubiera tenido que vivir en otra época. Con una larga capa púrpura o dorada o roja, caminando bajo palio o cavalgando sobre un caballo o escoltado por doradas armaduras, pisoteando claveles o rosas rojas o blancas, convirtiéndose en el símbolo de un pueblo que levantaría estatuas, arcos triunfales y altas columnas que, como pollas al viento, grabarían la eternidad de sus gestos en la memoria colectiva de una nación entregada a su devoción. Pero no. El pobre se deshace en gestos y demostraciones artificiosas, en grandilocuentes exhibiciones que -lo siento mucho, President- nunca le llevarán hasta ningún trono. Por tanto, pido a los voceras que le encumbran en los medios de comunicación y a los entusiastas que le aplauden en los actos multicolores, que no sean crueles y que, cuando le dejen caer, procuren que no rompa nada más -Mas.