20 octubre, 2017

Epístolas para consumo propio

Diálogo de sordos. Diálogo de ciegos, también. Cierto es que no se escuchan, pero tampoco ven. O ven aquello que les conviene ver. Pero incapaces de mirar lo que hay más allá de sus palacetes y salones. Diálogo no hay. Pero nada de nada. Ni en las altas esferas ni tampoco ya en las barras de los bares. Ahora ya es imposible. Nada de nada. Se nos está acabando el terreno de la palabra y, con él, se nos ha acabado el terreno de la razón. Y del diálogo. Diálogo y razón tienen en la palabra a su único y fundamental soporte. Más allá, el silencio. La sinrazón.

Insisto, no hay diálogo. Y menos aún por carta. No hay diálogo epistolar. Sí, cierto, se han intercambiado cartas, pero para nada. Porque ni se han leído ni han querido nunca leerse. Y no se han leído para no tener que entenderse. Las cartas han sido sólo para consumo propio. Cartas para elevar el propio espíritu. Cartas para que el ánimo de los míos no decaiga. Cartas para mantener viva la sordera. Cartas para no intercambiar nada. Puigdemont ha escrito sus cartas para los propios. Para que no decaiga el espíritu etéreo y para que no crean que todo ha sido para nada. Rajoy ha contestado, en carta, para los propios. Cartas para elevar el ánimo de los propios desde el cemento y para que no crean que el cemento se desmorona.

En las cartas hemos leído interpelaciones y paráfrasis. O algo parecido. Porque creo que las paráfrasis dejaban de ser paráfrasis desvaneciéndose en los renglones. Paráfrasis que no han explicado nada, para desvanecer sentidos en soflamas. Paráfrasis que más bien enredan para tejer las propias ropas. E interpelaciones que no han interpelado. Interpelaciones que nada quieren interpelar. Interpelaciones que tejen redes tupidas de las que nadie puede escapar. Paráfrasis e interpelaciones perdidas. Humo. Mucho humo. Humo tóxico. Y continuamos pasando pantallas. Pero continuamos pasando pantallas sin acabar ninguna de ellas. Vivimos una época de consumo compulsivo. Debemos consumir sin ni tan siquiera acabar con el bocado anterior. Consumir ante todo como si, así, avanzáramos hacia algún sitio. Pero no avanzamos. Como pollo sin cabeza. Creer que avanzamos para no avanzar. Quizás, para no tener que avanzar. Y nos hemos alimentado de pantallas que nunca hemos acabado de consumir. Así hasta atragantarnos. ¿Alguien se acuerda ya de las muchas preguntas que se han quedado en el tintero? Sin respuestas. Sin diálogo. Preguntas estériles, resecas. ¿Qué pasó con el derecho a decidir? ¿Qué pasó con el derecho de autodeterminación? ¿Ya hemos aclarado qué és eso de la república social? ¿Qué legitimidad tiene la Llei de Transitorietat? ¿De qué manera vamos a respetar a las minorías? ¿Hasta qué punto la mitad más uno pude decidir el destino de la mitad menos uno? ¿Siempre? ¿No siempre? ¿Hasta cuándo? ¿Qué tipo de relación queremos los catalanes con el estado español? ¿Qué pasará con al economía catalana? ¿Cómo queremos el referendum? ¿Es válido el 1-O? ¿Hasta qué punto queremos que el 1-O sea el inicio de una república verdaderamente democrática? ¿Queremos una DUI? ¿Queremos ser Europa? ¿Cómo aceptará Europa una DUI? ¿Es el artículo 155 de la Constitución aplicable ahora en Catalunya? ¿Tenemos a dos catalanes prisioneros políticos? ¿Qué es un prisionero político? ¿Sedición? ¿Hasta dónde puede el poder judicial solucionar el problema catalán? ¿Pueden dos grupos civiles decidir el futuro de un pueblo? ¿Está el Govern en manos de sociedades civiles? Y preguntas y preguntas que nunca han llegado a tener respuestas. Preguntas que se están perdiendo en pantallas anteriores. Engullidas sin haber resuelto nada. Preguntas que debieran haber sido la esencia del diálogo. Y de la democracia. Y que no se han respondido. Y que no hay diálogo. Y que se nos desvanece la democracia. O vaya usted a saber.