26 octubre, 2017

Lo inverosímil que da miedo

Sí, lo sé. Yo también estoy muy cansado. Hasta el gorro. Me agotan. Porque, a estas alturas, ya sabemos que no es tanto el llegar lo que quieren. Quieren remover. Siempre en movimiento. No es llegar, sino que se mueva. El viaje, y con él la ilusión, existe en el movimiento y nunca en alcanzar el destino final. Si se llega, se acabó. Así que estamos estirando y estirando. Hasta que cruja y reviente. Y al reventar, nos va a quedar una mierda de caverna. Todo por recoger. Los pobres sin mejorar. La educación como unos zorros. La sanidad en manos de unos pocos -que, por cierto, esos pocos seguro que son gordos y fuman gruesos puros; es como una ironía, la salud en manos de gordos fumadores. Me voy de tema, vuelvo. Que digo que ya veréis cuando tengamos que recoger la caverna. Nos va a salir toda la pelusa de debajo de los muebles. Esa que la pelusa nunca se ve, pero engorda y engorda sin remisión escondiéndose por los rincones y bajo los muebles o detrás del butacón o entre las rendijas y las grietas. Educación, sanidad, dependencia, pobreza,... Demasiada pelusa.

Pero, a pesar de estar hasta los albaricoques de todo esto, sí que hay cosas interesantes. Para discutir un ratito -ayudados, claro, de unas patatas fritas y una cerveza. Es muy interesante ver cómo asumimos con absoluta normalidad situaciones posibles que nos hubieran puesto los pelos de punta en cualquier otro momento. Oigo que todo esto puede acabar en rebelión popular. Tomando lugares estratégicos. Haciendo de escudos humanos. Oponiendo nuestras almas y -cuidado- nuestros esbeltos cuerpos para defendernos de piolines y de otros seres animados. ¿De verdad? ¿Nos lo creemos? En otro momento he escuchado que igual pasamos años o decenios empobrecidos. Pero que podemos resistirlo por el destino patrio. La patria siempre por delante del bienestar de sus individuos. Todo por la patria, que dicho sin tricornio parece menos obsceno. ¿También de verdad? Otra. Que aunque los europeos no nos quieran, pues que ellos se lo pierden. Que sin ellos también hay vida y que fuera de la Unión Europea igual la vida es más divertida. No, ¿verdad? En otro lugar he escuchado que si las empresas se van, pues que ya volverán. Y que si se quieren ir, pues que ellos se lo pierden. Que nosotros valemos mucho y que tendremos cola para recibir a bancos y empresas extranjeras. ¡Vamos, vamos! O que podremos cobrar bonos patrios. O que se puede militarizar hasta la moreneta. O que los funcionarios, todos, se van a poner de culo -¡por Dios, qué imagen! O que Mariano va a presidir la Generalitat -que seguro que puede porque si no hace nada en Madrid, aquí también puede vivir sin hacer nada. O que se nos van a enfrentar piolines y mossos, como si fuera un match en la cumbre. Pero, ¿de verdad no vamos a despertar nunca de esta sinrazón? ¿De verdad creemos alguna de estas estupideces? Cuidado porque, al despertar de la fiebre, muchos cuentan cosas inverosímiles que superan los límites de la caverna conocida. Terra ignota.