15 noviembre, 2017

Machismo y feminicidio en Facebook

Muy triste. Cada semana escuchamos que una mujer muere a manos de un animal. Cada semana leemos que un energúmeno ha matado a una mujer o a su hijo o a ambos. Una animalada. Una animalada trágica y muy triste. Y eso, siendo humanos, debería avergonzar a todo ser humano. Seguro que hasta ahí todos estamos de acuerdo. ¡Faltaría más! Pero eso no es lo más triste. Aún hay cosas tan tristes como el asesinato de mujeres. ¿Que qué puede ser? Pues algo muy sutil que pasa inadvertido. Algo que escuchamos día a día sin que nos recorra un escalofrío por todo el cuerpo. Me refiero a esos comentarios que, de una manera u otra, justifican o desvían la atención del problema. El problema: maltratar o matar o someter a un ser indefenso por creer que se es dueño de su destino. Pero, insisto, esos otros intentan desviar o huir del problema. Y son esos otros, además, los que están afilando los cuchillos de los siguientes asesinos. Inconscientemente, de acuerdo. Sin quererlo, seguro. Pero lo están haciendo. Y esa es una guerra que deberíamos comenzar a plantear ya. Sin más dilación. La guerra contra esos otros.

Ayer, una amiga publicó en Facebook una noticia sobre el asesinato de una niña degollada por uno de esos animales, un animal que además era su padre. También publicaba una noticia sobre los violadores autoproclamados La Manada. Por cierto, serán necios y cobardes, pero han sabido encontrarse un nombre adecuado para explicar el nivel de sus acciones. Pero volvamos. Mi amiga publicó ambas noticias en Facebook. Y Facebook tiene lo que tiene. Admite reacciones de todo tipo. Cualquiera puede comentar y decir lo que le venga en gana sin antes pasar el vómito por el tamiz del intelecto. Y así nos va. He de reconocer que los comentarios no tenían la intención de animar a la violencia. Cierto. Pero, sin ellos saberlo, alimentaban la violencia. O la disculpaban. O la retorcían para explicar otras situaciones que nada tienen que ver con los hechos. Los hechos, en crudo y sin retorcer: matan a una niña de dos años y cinco machitos cobardes violan a una chica durante los Sanfermines.

Uno de los comentarios, después de mostrar su dolor por los hechos, viró hacia las separaciones matrimoniales. Mi primera reacción fue pensar que nada tenían que ver nabos con coles. Pero continué leyendo. Y leí: "...no como ahora que la mujer se queda la casa y la mitad del sueldo como mínimo. Es decir uno se separa y se tiene que ir a un piso compartido o a vivir debajo de un puente. Mientras esto no se arregle lo otro tampoco se va a solucionar". Confirmado, estaba confundiendo nabos con coles. Reaccioné intentando hacerle ver que nada tenía que ver una cosa con la otra. Le dije que estaba comparando tuercas con arándanos y que lo que estaba haciendo es banalizar la violencia como si fuera otra simple disputa en un proceso de separación. Que demostraba una carencia total de sensibilidad y que así no. Pero fue incapaz de comprenderme. O quizás fui yo incapaz de hacerme entender.

Otro comentario, después de mostrar su oposición a la violencia, derivó en una cuestión semántica. La persona en cuestión dijo que mejor utilizar el término adecuado, violencia de género. De acuerdo. Vale, pensé. Pero continué leyendo otra vez. Y este señor llegó a decir que era violencia de género porque las mujeres también matan y por tanto es el choque entre géneros, así, en general y sin distinguir cual. Además se apoyó en un argumento muy singular, "existen las carceles de mujeres y no creo que las que estén allí sean unas santas". Estuve releyendo todo el comentario varias veces. Algo se me había escapado o todo aquello sonaba mal. Muy mal. Vamos, que sonaba a argumento de estercolero. Y como me sonaba tan mal, le contesté. Le dije que nos podemos comer un plato de arroz o nos podemos comer una curva o nos podemos comer un rosco y, aunque todo sea comer, no es en absoluto lo mismo. La violencia entre dos hombres siempre es deleznable, pero la de un hombre sobre una mujer es criminal y cobarde. ¿Por qué? Pues porque un hombre abusa de su mayor fuerza y ejerce violencia para someter a una mujer. Esa es la raíz: querer someter a la fuerza la volutad de un ser humano a otro que se cree superior. El superior: el machito cobarde que debiera estar encerrado en un centro de reeducación.

Y, por último, un clásico: las denuncias falsas. El famoso argumento de Toni Cantó que cantó y mucho. Primero, porque es falso que haya un porcentaje significativo de denuncias falsas. Si no recuerdo mal, el porcentaje de denuncias falsas está por debajo del 1%. Y segundo, porque eso nunca puede disculpar el ejercicio de la violencia sobre los más débiles. Dicho de manera más clara: el machito asesino o violador jamás puede tener disculpa alguna ni argumento que desvíe la atención del problema. El problema del machito: su incapacidad para ser un ser humano respetable.

¿Y adónde quiero llegar con todo esto? Pues a que la lucha contra el machismo y la defensa del feminismo debe ser absoluta. Y con absoluta quiero decir que nadie puede disculparse de comprometerse en esta guerra. Nadie puede justificar o retorcer argumentos para justificar al asesino o para diluir la gravedad de su conducta. No podemos permitírselo a nadie. No confundamos ni miremos hacia otro lado nunca más. Nadie. Porque hasta que nuestra sociedad -es decir, todos sin excepción- no se comprometa en esta lucha contra el machismo, no acabaremos por ganar jamás esta guerra. Debemos empezar a señalar como cómplice al que desvía la mirada o al que le quita importancia a la violencia machista con la excusa de cuatro casos falsos. Porque, mientras tanto, están muriendo cientos de mujeres y otras muchas sufren la tragedia de vivir con un maltratador. Sin medias tintas. Y nuestros gobernantes debieran tomar cartas en el asunto de manera radical y urgente, sin fisuras ni titubeos.