La caverna es muy complicada. Y yo no soy un sabio. Que eso también cuenta.
No entiendo ni conozco los motivos posibles o probables del Brexit. Todo se me deshilacha en sospechas o intuiciones. Tampoco sería capaz de analizar en profundidad los motivos sociológicos del auge de la extrema derecha en Francia. O en Alemania. O en Hungría. Y me pregunto, ¿cómo es que Trump llega a ser presidente de los EEUU con un bagaje tan deleznable a cuestas? Pues, la verdad, no tengo datos suficientes como para fundamentar una opinión certera. O también, ¿qué explicaría el auge de nacionalismos como el de Catalunya o el Véneto o el de Flandes? Sospecho, pero nada más. No puedo aplastar con datos y bibliografía una opinión definitiva. Me lo podría inventar como hacen casi todos, pero hoy no estoy para inventos. ¿Qué fue de las primaveras? Digo, las árabes y las de respirar un tiempo nuevo. Parece que las primaveras se desvanecieron mucho antes de que diera tiempo de llegar al verano.
Y ahora, ¿qué le pasa a la izquierda? ¿Dónde se quedan los proyectos ilusionantes? ¿Dónde están los sueños del verano? A la greña están los que podrían animarnos a cambiar el mundo. Nadie se atreve a ofrecernos una maldita ilusión para llevarnos a la boca. Y, aún peor. Abandonamos a la muerte, sin piedad, mientras nos calentamos el culo a la luz de una lumbre débil. O a la pobre luz de un televisor que nos lo muestra. Y nos decimos, que no vengan a mi casa. Cuidado que se van a comer mi pan. Alejamos lo lejano para sentirnos seguros. Y lo cercano ya no existe porque, sencillamente, no queremos mirar. Nos sentimos un poco más seguros hundiendo la cabeza en nuestro agujero. ¡La caverna, nuestra dulce caverna! Globalizamos las penas y nos alejamos de las alegrías al ritmo que marcan unos pocos. Y lloramos. Pero no por los demás. Lloramos desconsolados porque nos sentimos abandonados. Los muchos permanecemos timoratos mirándonos los unos a los otros, mientras los pocos siguen moviendo el mundo al ritmo que marcan sus bolsillos. Y permanecemos muy quietos, con miedo a respirar si quiera, por si así podemos evitar que tengamos que poner el cuello.
La caverna es muy complicada. Y yo no soy un sabio. Que eso también cuenta. Pero creo que este mundo necesita algo más que un sabio. Porque, si no es así, el futuro se irá emborronando en una gama de grises difusa y maloliente. Si no somos capaces de gritar, al fin, las ilusiones se nos van a ir deshilachando sin que podamos recomponer nada. Y no lo podemos permitir. No ya por nosotros, sino por los que deberían recoger las banderas de los sueños y la esperanza.
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