Formulo hipótesis: el librepensamiento, en la globalización, se deshace como un helado al sol, de forma irreversible. ¿En qué baso esta hipótesis? La verdad, no he pasado de la mera intuición. Pero no nos pongamos exquisitos. ¿Por qué no? ¿Quién dice que la intuición no pueda ser un pozo de verdades? En fin, otra excusa. Como cualquier otra. El caso es que lo pienso. El librepensamiento, en la caverna global, se nos va a la mierda. A ver, tampoco lo digo por decir. Yo creo que algunas pruebas hay de que, de aquí a nada, el librepensamiento va a ser un vago recuerdo. Una nota del pasado. Como mucho algo folclórico en especímenes raros como yo. Ya me imagino en un futuro próximo cantando proclamas librepensadoras que levantarán, en el mejor de los casos, hilaridad atronadora entre ciudadanos bien amoldados.
Pero veamos motivos. Erdogán, por empenzar con alguien. No sé por qué comiennzo por él porque también podría empezar por el Brexit, o la extrema derecha alemana o francesa o neerlandesa o austriaca o griega. Como también podría haber nombrado al ridículo Trump, a ISIS, a los hermanos musulmanes o a Corea del Norte. O también a la mafia rusa o calabresa o a la que vive del narcotráfico en Sudamérica. Podría nombrar al pujante nacionalismo catalán, piamontés o flamenco, como también al nacionalismo apisonadora español o húngaro o serbio. Por no hablar de Rusia, Pakistán, Yemen, Arabia Saudí o Venezuela. Total, que se nos va de las manos el llibrepensamiento. Que nos vamos huyendo hacia los muros impenetrables que conducen al pensamiento totalitario y de la manada. En Europa, en la propia cuna, el librepensaniento se doblega al ritmo que marcan las bombas de yihadismo y las reacciones febriles gubernamentales o de la oposición buitre. Ser crítico, marginal en el pensamiento, raro o lo que sea que uno pueda ser al pensar diferente, no solo no está mal visto, sino que además es sospechoso. Huele a traición. Un desalmado en toda regla. Mal vamos, insisto.
¿Y qué nos falta? Pues los ingredientes básicos del librepensamiento: el escepticismo necesario para distanciarnos del dogma y la opinión única; el relativismo que nos ayudará a evitar las metas absolutas y los destinos universales; y, por supuesto, la ironía que nos permita alejarnos lo suficiente como para poder vernos ridículamente desnudos o, como mucho, en bragas o calzoncillos. Cada vez es más difícil no creer en banderas, proclamas y destinos universales. Cada vez es más difícil entender que las soluciones tienen fecha de caducidad. Cada vez es más difícil entender que la mezcla enriquece y que nuestra pureza nos hunde en las más bajas miserias humanas. Cada vez es más difícil aullar para romper filas. Cada vez es más difícil amar abiertamente desde las entrañas o sobre la piel. Cada vez es más difícil dialogar sabiendo que los demás tendrás muchas más razones. Cada vez es más difícil reirnos de nosotros mismos. Cada vez es más difícil no caer rendidos a los cantos de la turba, de la manada. Si antes era difícil encontrar la salida de la caverna, ahora parece que nos la quieren tapiar a base de necedad y mucho miedo. Señores, parece ser que en la caverna no hemos venido a librepensar, sino a bajar la cabeza. Amén.
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