29 enero, 2017

Adolescentes y maleducados

En la caverna ya es tradicional el linchamiento al adolescente. Dialéctico, claro. De cuando en cuando y de forma recurrente, volvemos a practicar uno de los deportes con más seguidores: acoso y derribo a los adolescentes. Además, lo hacemos como si los adolescentes fueran la expresión de algo ajeno a todo cuanto somos en la caverna. Quiero decir que les analizamos y estigmatizamos como si hubieran aparecido por ahí, en algún rincón descuidado y por generación espontánea, sin que ni siquiera nadie les hubiera echado de comer. Para nada pensamos que son el espejo en el que se manifiestan nuestras vergüenzas. ¡Cómo va a ser eso así! ¡Cómo van a ser como nosotros! Decimos que los jóvenes son muy machistas, pero a nadie se le ocurre decir que son machistas porque los hemos educado entre machistas. Que los jóvenes son ególatras e irrespetusosos, pero ni por casualidad piensa nadie que sea porque algún ególatra irrespetuoso andaba por ahí mostrándole el camino. Los adultos nunca tenemos la culpa. Parece como si los adultos no educásemos ni tuviésemos ninguna influencia sobre ellos. Son ellos, los jóvenes, los que deciden ser maleducados, machistas, vagos, irrespetuosos, provocativos, indolentes, violentos, insolidarios, racistas y, por supuesto, la negrura de un futuro apocalíptico. ¡Con lo perfectos que somos los adultos!

Pero eso no es lo que yo he visto ni es lo que veo. Será porque no veo bien. Afortunadamente, la gran mayoría de nuestros jóvenes son sanos, felices y rezuman esperanza. Aunque también es cierto que siempre están esos pocos que sirven de excusa a mentes cortas y obtusas. Esos pocos, sin embargo, no son lo que han decidido ser, son sólo víctimas. O más bien héroes. Adolescentes que cargan con unas mochilas difíciles de soportar y, aún así, salen adelante. Algunos han recibido la dureza de las injusticias sobre su lomo, como si fueran bestias que hubiera que enderezar. He visto y veo a jóvenes con una autoestima pateada desde la más tierna infancia. Jóvenes que se han aprendido el mantra de "tú no sirves para nada". Adolescentes inseguros porque siempre encuentran una voz que les dice que todo está mal. Y empujados a escapar por cualquier alcantarilla. Veo a adolescentes dispuestos a defenderse porque les han machacado desde que tuvieron conciencia, endurecidos a base de golpes o de menosprecios. También los hay que no entienden el mundo en el que viven porque nadie ha tenido a bien explicarles que ellos pueden cambiar las cosas, que ellos tienen voz e iniciativa. También los hay engreídos, por supuesto, ensoberbecidos porque les han dejado hacer sin que nadie le mostrase los límites del respeto. O porque les han hecho creer que el mundo debe rendirse a sus pies. O porque se han olvidado de ellos ante el televisor. Jóvenes deprimidos porque no ven esperanza. Adolescentes deprimidos ante una realidad poderosa e injusta. ¡Puede haber algo más cruel! Esos son jóvenes traspasados por una realidad que les ha acunado en la necesidad contínua. Jóvenes que, más tarde o temprano, se lanzan al alcohol o la marihuana en busca de un lugar que nunca conocieron o que, al menos, esté mucho más lejos que el maldito hogar. Los he visto con mis propios ojos. Jóvenes condenados, sin esperanza, pero siempre inocentes. Les puedo asegurar que hay pocas cosas más dolorosas que ver cómo un chico de doce o catorce años ya está condenado a no ser más que carne de cañón.

Pero los adultos seguimos pensando que son ellos. Les vemos y se nos escapa aquel adjetivo de "maleducados". Y quizás sí les vaya bien ese adjetivo porque, al fin y al cabo, son las víctimas de adultos indolentes, machistas, insolidarios, violentos, vagos, racistas y, por supuesto, los culpables de haberles condenado a un futuro que nunca merecieron.

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