06 febrero, 2017

Educación y amor por educar

Vivimos en un mundo cavernario que cambia constantemente. Pero ahora la caverna está aún más revolucionada, como si el motor se hubiera acelerado sin gobierno y sin posibilidad de pararlo. Quizás por eso surgen tantas incomprensiones, por aquí y por allá, y demasiadas malas interpretaciones, por unos y otros. Y la educación está en uno de esos focos de la revolución. Porque la educación está cambiando. Porque los educadores quieren cambiar un sistema que ya no nos sirve.

Acabo de escuchar un programa emitido el pasado 18 de enero. El programa, El matí de Catalunya Ràdio, para más señas, está presentado y dirigido por Mònica Terribas. En este caso, invitó a la filósofa Marina Garcés para hablar de educación. ¡Una filósofa! ¡Fantástico! Pensé. ¡Ingenuo que es uno! Una mujer y filósofa debería ser garantía de originalidad. Esperaba encontrarme con un punto de vista fresco, con una ventolera que osara airear y levantar la hojarasca acumulada en los rincones de la maldita caverna. Creí. Pero no. Nada de eso. Mis prejuicios se desmoronaron rápidamente. Todo acabó en un lamento romántico con el que se pretendía ensalzar la "erótica de la enseñanza", esa relación tan especial que se establece, según la señora Garcés, entre el alumno que desea saber y el profesor que ofrece el fruto tan ansiado. Muy romántico todo. Muy de cuento, vamos.

Escuché atentamente el programa. Pero lo primero que me llamó la atención es la excesiva rapidez con que filósofa y locutora se lanzaron por un tobogán en el que demostraron mucho interés y muy poca información. Se ampararon en textos que medio retorcieron para que encajaran en sus esquemas. Y demostraron conocimiento de sus autores, no lo niego, pero demostraron desconocer en qué consiste enseñar. Porque se enquistaron en algunas obviedades para criticar con excesiva facilidad todos los cambios que se están llevando a cabo en educación. Sin conocimiento alguno de lo que pasa en un aula. Algunas de esas obviedades que llevaron hasta límites inadecuados: "en el sistema educativo prima la no presencialidad y la formación técnica", "hoy en día la docencia no es tan importante como la investigación", "el discurso educativo se ha vuelto más tecnocrático"..., llegando incluso a ridiculizar las nuevas propuestas educativas y denominando "instructores de resultados" a los profesores. Así, como si tal cosa. Y, además, esas afirmaciones revestidas de expertas, claro.

Citaron por supuesto a Platón; uno de sus diálogos, el Fedro; y a Sócrates y a Massimo Recalcati. E, insisto, nadie puede dudar del conocimiento que estas señoras tienen de estos autores, pero sí dudo, y mucho, que entiendan qué significa la actividad docente. Y, por lo tanto, dudo de que sepan aplicar el conocimiento de esos autores a la actividad diaria de educar. Se empeñaron en recuperar a aquel profesor idealizado que atrae por su sabiduría, esa figura tan peliculera del héroe sobre la tarima de una clase que obnubila con la palabra. Aunque, me perdonarán, no fueron capaces de reparar en que esos son unos pocos, muy pocos, que llegan a enamorar a unos pocos, muy pocos. Cuando pasa, si pasa. Lástima, pensé. Pero es que cuando alguien adquiere un estatus cree que todos deben hacer el mismo camino para alcanzarlo. Ellas confundieron el gusto por el conocimieto, con el gusto por "su" conocimiento. Confundieron el anhelo de saber, con el anhelo de "su" saber. Y no. Ellas pueden ser ejemplo, sin duda, pero como lo pueden ser otros muchos diferentes. (En este momento es cuando ellas y cualquier otro que quiera criticarme pueden pensar, "este tipo seguro que no encandila ni sabe en qué consiste ser un docente de verdad", y posiblemente tengan razón. Pero yo, a lo mío).

Y entonces nombraron a Sócrates. Y ahí es cuando me tocaron esa fibra sensible. ¡Ay, mi adorado Sócrates! Dijeron que Sócrates era un ejemplo, pero, ¿un ejemplo de qué? Él que precisamente no instruía, que dialogaba, que era capaz de pasar horas y horas abriendo el corazón de sus discípulos para llegar a lo más hondo. Él que proclamaba que la sabiduría estaba en el interior de cada uno y que se empeñaba en afirmar que enseñar era imposible. Sócrates, el mismo que quería acompañar a sus discípulos hacia el conocimiento y que renunciaba a ser un simple dispensador de conocimiento. Sócrates, el que renunciaba a ser instructor, un recitador, y que clamaba contra los sabios alzados en tarimas.

Que no, señoras, que la enseñanza tradicional obliga al alumno a ser un objeto, un objeto pasivo, un elemento escuchante de una pretendida sabiduría almacenada en el alma del sabio. Y, precisamente, la nueva pedagogía, esa sobre la que otros muchos compañeros trabajan empecinadamente para llevar a sus aulas, nos obliga a hacer un cambio importante, revolucionario: el sujeto de conocimiento, el protagonista, es el alumno, no el sabio profesor. No quieran encerrarnos a los profesores en torres de marfil o en formol. No somos ejemplo de nada. Pero es que tampoco debemos serlo. Hay profesores que simplemente quieren acompañar a sus alumnos en su propio recorrido, empujando con su conocimiento, pero nunca arrastrando. Dejen que sirvamos de acompañantes ilustres para que ellos puedan ir muy lejos sin repetir los mismos errores que cometimos nosotros. Dejen que les enseñemos a amar la sabiduría y el camino que les debe conducir hacia ella. Y, sobre todo, no les obliguemos a recibir pasivamente sabiduría. Yo no quiero aleccionar, yo no quiero que mis alumnos pisoteen el mismo camino que hice yo en su momento. La hierba fresca acompaña mejor al caminante.

A ver, no se me arremolinen con reproches todavía. El profesor sigue siendo el elemento insustituible en la educación, de eso no les quepa duda. Pero no somos ni queremos ser un elemento alejado y superior. Elemento, empoltronado, al que ustedes pretenden reducirnos. Es el profesor el que debe saber poner en cuestión, el que debe insertar la duda y el desconcierto, el que debe susurrar las herramientas que el alumno debe adquirir para avanzar hacia terrenos insospechados. Es el profesor el que insufla aire fresco, el que incita a la búsqueda, el que anima a no quedarse escuchando. Pero esa educación tan diferente que ustedes añoran es una educación construída en la memoria retorcida de algún ejemplo. La educación que deseamos y debemos proclamar es muy diferente a ésa que desde antiguo expulsaba a las mayorías para encerrar en torno a un círculo de oro a una élite escogida.

2 comentarios:

  1. De acuerdo en todo. Creo que el problema de la educación pasa por la desconfianza hacia los niños, y en la creencia en que te cogen el pie si les das la mano. Esto genera un efecto de animadversión alumno-profesor que impide crear una atmósfera saludable en las aulas. Hacen falta más profesores que dialoguen en lugar de dictar, que confíen en sus alumnos, y tengan en cuenta sus preferencias y necesidades. Que establezcan una relación saludable. Los niños en muy rara ocasión traicionan a quien confía en ellos.

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  2. Ni más ni menos. Yo no lo hubiera dicho mejor.

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