21 noviembre, 2017

Guía para machitos imbéciles

En la caverna hay muchos machos. O machitos. Demasiados para mi gusto y para desgracia de muchas mujeres. La caverna está llena de necios que creen que al ser hombres -o machos, como a ellos les gusta verse- tienen derechos sobre otras personas. Derechos sobre las mujeres, sobre todo. Estos machitos están en las clases más bajas, pero también en las medias y las altas. Estas últimas son más dadas al disimulo y la apariencia. Pero el sentimiento machista es el mismo. O por lo menos despierta la misma repugnancia, aunque sea más refinado. Y quizás esos machitos necesitan que alguien les explique, que les ayuden con unos pocos consejos. Con esa intención he pensado que sería bueno crear una "Guía para machitos imbéciles". Lo de imbéciles es una licencia que me he permitido añadir. Espero que se me entienda. Al grano. Con toda mi buena voluntad, creo que igual tres consejos pueden ayudar a estos... machitos, para que al fin se reconozcan tan necios y repugnantes como les ven muchas otras personas. Sobre todo la inmensa mayoría de las mujeres. Bien, ahí va. Que os aproveche.

Primer consejo. Eso que os pica en la entrepierna es un problema vuestro. Apuntad: "mi entrepierna es mi problema". Es exclusivamente vuestro. Ése no es el problema de ninguna mujer. Si fuera el problema de alguna mujer, entonces ella podría optar por diversas soluciones. Entre esas soluciones podría encontrarse la cirugía o la castración química o filetear para carpaccio el colgajo ése de la entrepierna, por ejemplo. Pero, por suerte para vosotros, no es un problema de ninguna mujer. Por tanto, nadie puede optar por extirparos o filetearos el pingajo. Aunque, escuchad bien otra consecuencia: no siendo el problema de ninguna mujer, tampoco ninguna de ellas tiene por qué solucionaros el picor. ¿Pica la entrepierna? Pues a rascarse. Y para ello podéis utilizar cualquier cosa inanimada que os convenga. Por ejemplo, papel de lija. Y frotáis y frotáis como si no hubiera un mañana.

Segundo consejo. Nadie merece que le suelten vómitos a los pies. Apuntad: "eso que yo considero un piropo tan ocurrente no es más que una repugnante señal de alarma para los demás". Y digo esto porque cualquier mujer puede vestirse como quiera, perfumarse y peinarse como le venga en gana, sin que por ello tenga que escuchar alguna obscenidad maloliente. Y si a ti te gusta como se viste o se peina, pues mejor. Pero, que te guste a ti, de ningún modo eso te permite increparla o molestarla de ninguna manera. Piensa que lo que tú llamas un piropo, generalmente es una frase babosa que pocas veces puede encantar a nadie con dos dedos de frente. Y aviso: las mujeres suelen tener más de dos dedos de frente. No todo el mundo es como tú. Algún machito pensará, "pero es que al verlas me pica la entrepierna". Pues entonces vuelve al paso uno y procura utilizar el papel de lija más gordo o una lima para acero.

Tercer paso. El amor no es meterla. Así te lo digo para que lo entiendas clarito. Apuntad: "Amar no es meter el pingajo a cualquier precio y donde sea". El amor es otra cosa mucho más complicada. Para explicártelo necesitaría hacerte unos dibujitos y quizás algunos meses de largas disertaciones. Porque, al ser el amor una cosa tan complicada, no creo que con cuatro frases pudieras llegar a entender algo. Eso sí, puedo explicarte algunas cosas que normalmente haces y que para nada son amor. Por ejemplo, no es amor tratar a los demás como si fueras el amo de un harem. No es amor someter a alguien a tu voluntad. No es amor hacer sufrir a otra persona. No es amor pegar. No es amor menospreciar. No es amor que te tengan miedo. Nada de eso es amor, so imbécil. Supongo que en algún momento lo has intuido, pero alguien te lo tiene que escupir a la cara. Y yo sé que te gusta que te amen, pero deberás ganártelo. Nunca podrás exigirlo ni provocarlo a golpes. Y si te pica el colgajo y aún crees que eso es amor, volvamos al primer consejo y ahora ya puedes utilizar un guante de puas.

Hemos empezado con tres consejos muy básicos. Quizás otro día, si superas esta primera prueba, te pueda explicar que el sufrimiento de otra persona nunca te ofrecerá el placer de sentirte querido. Quizás otro día te explicaré que con el dolor sólo provocas en los demás odio y asco. Anda, aplícate un poquito.