Un bebé en el Congreso. Apesta. Unas rastas que se pasean muy dignas por el hemiciclo. Apestan porque el cieno encorbatado y muy formal no estaba preparado. Juego de trileros. Esto para ti y eso para mí. No apesta, siempre ha sido así. Gómez de la Serna. Se pasa por el forro cualquier indicio de dignidad o de respeto. No apesta. Sale a la venta un libro sobre los tejemanejes de los campeones del trileo. Apesta, porque se remueve el cieno plácido del fondo. Rajoy nos habla de su sentido común y nos llama estúpidos si no lo aceptamos como el más común de los sentidos. No apesta, a pesar de ser un argumento para estúpidos. Es así en la caverna. Apesta lo que no es esperado, lo que no está dentro del más estricto canon. Siempre ha sido así. El lodo espeso en el que crecemos los cavernarios es nuestro lodo. Patria. Y, mientras tanto, aún quedan personas con esperanza de morir ahogados en el cieno. Pisoteados por los que sacan el cuello muy ufanos para erigirse en los héroes de la caverna.
17 enero, 2016
¿Apesta o no apesta?
En el cieno, sumergidos en el limo maloliente del fondo de la caverna, no tenemos más ojos que para las formas. No tenemos más narices que para nuestro cieno. Porque las formas se han de cuidar. Van con nuestro adn. Adherido a nuestras entrañas. No tenemos más olfato complaciente que para las formas que se acomodan a las formas de siempre. El resto, nos molesta. Lo extraño nos eriza los pelos del cogote y nos pone en alerta. El cieno apesta, ya lo sabemos. Pero ya tenemos las narices acostumbradas a nuestras miserias. Cualquier otra cosa nos hace despertar de nuestro sueño plácido. Un sueño arropado en el cálido lodo de la caverna.
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