25 octubre, 2017

Inevitables renuncias

Inevitable: imposible de evitar. Que no se puede eludir, excusar, apartar. En eso se ha convertido la política con el asunto catalán: en la gestión de lo inevitable. O lo que es lo mismo: la antigestión. O lo que es lo mismo: la antipolítica. Porque lo inevitable no requiere ni permite gestión alguna. Y me quedo con los ojos como platos. Con cara de idiota. Porque me acaban de dinamitar mi esperanza: la política. El terreno en el que se construye lo posible. El terreno del cambio y del progreso. Pero no. Ellos que no. Dale que dale. Me están negando la política y me la quieren convertir en la gestión de lo inevitable. Puigdemont y todos sus seguidores y vitoreadores, junto con Rajoy y todos sus seguidores y vitoreadores. Nos venden que hemos llegado hasta aquí porque ellos no han podido hacer más que lo inevitable, pero no lo posible. Que sólo son capaces de hacer aquello que no han podido eludir, excusar o apartar. Decepcionante. Y muy triste.

Los clásicos tenían claro que la política, el discurso sobre el bien común, el arte de gobernar polis, era el juego de lo posible. Si queremos un proyecto común, deberíamos creer en la política. Porque aquello que es posible debe ser compartido y construido entre todos. Pero cuando la construcción del bien común se hace imposible y sólo contemplamos lo inevitable como única opción, entonces estamos renunciando trágicamente a la política. Y a esas quieren convencernos que hemos llegado. Porque todos los argumentos que escucho para explicar cada uno de los pasos que dan, se sustenta en lo inevitable. Y, qué quieren que les diga, o son unos inútiles como políticos o nos quieren engañar como a idiotas.

Puigdemont declarará la DUI porque es inevitable para él. Porque Rajoy y Madrid no le han dejado otra opción. Porque no hay terreno para lo posible. Porque se ha agotado la política.

Rajoy aplicará el artículo 155 de la Constitución porque es inevitable para él. Porque Puigdemont y Catalunya no le han dejado otra opción. Porque no hay terreno para lo posible. Porque se ha agotado la política.

Estos son sus argumentarios. Iguales. Mezquinos. Absurdos. Dos personajes que encarnan la renuncia a la política, que renuncian a la palabra, que se esconden detrás de una inevitabilidad sólo apta para crédulos. Muy crédulos. Muy adeptos. Sólo apta para todos aquellos que renuncian al espíritu crítico y a la construcción del bien común. Pero nunca apta para nosotros, para los que aún creemos. Porque los que confiamos en la política y en la palabra no nos podemos dejar convencer tan fácilmente. Con esos argumentos. Con esas renuncias. La mezquindad política no nos puede gobernar. Porque si permitimos que la mezquindad política nos siga gobernando, estaremos renunciando a la construcción del bien común y del futuro. Renunciando al progreso. Y cada día nos venderán una renuncia más. Y cada día nos harán agachar la cabeza ante lo inevitable. Y cada día estaremos más vendidos entre sus manos mezquinas. Y no.