Por supuesto, en la caverna nos educan. Desde pequeñitos. Observamos en los demás y aprendemos. Copiamos los comportamientos. Calcamos las actitudes. Asumimos las miserias que nuestros cavernarios antepasados nos han legado. Es así como aprendemos a odiar. Con gusto y entusiasmo. Mamando la bilis. Agria y punzante. ¿Qué odiamos? Pues todo lo diferente. Lo que no somos siempre es odiable. Porque si odiamos, somos. Porque odiando sabemos quiénes somos. Porque no queremos ser ellos. Porque no son de los nuestros. Y nosotros y lo nuestro, una vez definido, es primacía. Odiamos también a los débiles. Porque no son fuertes. O más bien porque queremos ser fuertes a su costa. O quizás porque no queremos ser ellos ni queremos que ellos sean. Homofobia. Aporofobia. Xenofobia. Machismo. Son los extremos. Aunque entre los velos de lo consentido se esconden otros odios. Más tenues. Deslizantes. De esos que enorgullecen. Inflaman el espíritu. Colorean y dan sentido de pertenencia. Eres parte de la caverna y cantaremos juntos las grandezas de nuestros odios y miserias.
Por lo tanto, cuando odiamos, nos construimos. Nos educamos, quería decir. Somos por oposición. Por negación. Revueltos de espalda. Somos en la diferencia. Y en el odio. Lo más nítido es el odio. Cuanto más odiamos, más claramente nos definimos. Porque nadie quiere no ser. Por eso necesitamos ser diferentes y muy grandes. Y es así como el limo de la caverna se va alimentando. Poco a poco. Secularmente. Con el disfraz de la cultura. Propia. Identitaria. Con el odio. El cieno no apareció en la caverna, el cieno fue creciendo denso al ritmo de la historia. El odio y nuestras miserias han hecho crecer el cieno hasta alcanzarnos el pescuezo. Ahí, justo ahí donde solo es posible respirar. Ya nadie recuerda cómo era la caverna sin limo. Quizás porque siempre ha estado anegada. Con el odio. Con lo que somos. Con lo que nos hemos construido. Con el mismo odio que traspasamos a nuestros pequeños cavernarios. Porque les educamos. En el mismo odio en el que todos nos ahogaremos alguna vez.
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