18 abril, 2016

El empecinamiento del yo

Me canso, me canso mucho. Me resulta terriblemente cansino soportar el yoísmo. ¿Qué es el yoísmo? Pues esperen un poco, igual al final de la entrada me he explicado. Primero quiero explicar por qué me canso. Me canso de escuchar cómo se defienden las mismas mentiras una y otra vez. Y me canso porque nos lo creemos todo. Peor aún, nos creemos incluso a nosotros mismos. Para mí que en la caverna nos haría falta una formación autocrítica, una formación que nos enseñara a no creernos nada de nosotros mismos, a desconfiar de lo que creemos ser. Mi admirado personaje doctor House diría que todo el mundo miente, pero yo me atrevo a añadir que todo el mundo miente incluso a sí mismo. Todos, sin exclusión, somos unos mentirosos redomados. Tendrían que habernos preparado desde la más tierna infancia, desde ese momento en el que las meninges todavía son esponjosas y se dejan acariciar por lo que escuchan y aún no acaban de comprender, tendrían que habernos preparado para desconfiarnos. Pero no. Nos dejan crecer ensoberbecidos, creyeéndonos el centro de la Creación. Y, claro, después ya se nos hace callo en el cerebro y no dejamos pasar nada que no cuadre con lo que creemos ser. Esa soberbia la escucho en política, es muy común -en Pedro, en Pablo y en Judas, da igual-, pero también en la calle, en cualquier rincón de nuestro día a día. Escucho como defendemos lo indefendible, mientras nos defendamos a nosotros mismos. Porque solo así ponemos a salvo lo que queremos creer. Obcecados en lo que proyectamos. ¡Como si fuéramos ejemplo de algo! Ahogados en la defensa de lo nuestro, ahí estamos. Como si así tuviéramos alguna disculpa. El yoísmo. Ayer escribía algo sobre ello y hoy no me lo he podido quitar de la cabeza.

El yoísmo construye relatos para dibujar el personaje que creemos ser, pero también la nación -nuestra esencialidad en la manada- o la religión -la salvación ante la nada- o los ideales políticos -la que ha de salvar al pueblo. El yoísmo construye esos relatos y dibuja una identidad, una aspiración, una mitología que hace asimilable la mentira. Pero todo es ficción. Pura ficción. No somos el pueblo elegido, nunca lo fuimos. Como tampoco fuimos dueños de ninguna patria. No existen. Y mucho menos somos dueños de imponer ideas o ideales en nombre de principios inasibles o de promesas efímeras. Solo podemos ser dueños de nuestro presente y de nuestros deseos, aunque con muchas sospechas de que nunca lo somos del todo. Escucho a políticos hablar en nombre de todos, de representar la voluntad de pueblos enteros. Y veo masas enteras dejándose embaucar por políticos de medio pelo. Veo religiones pelear en nombre de verdades inasibles y veo morir a seres ahogados en mentiras que nunca comprendieron. Y se me puede preguntar, ¿qué es lo certero? Y respondo: pues lo certero es ser autocrítico, sospechar siempre de nosotros mismos más que de los otros. Lo certero es creer que los demás pueden tener razones que no somos capaces de comprender o de sentir. Lo certero es sospechar que me he engañado para poder dormir tranquilo, pero que alguna vez -o muchas veces- quise ser otro que no soy. Salir del yo, escapar del cascarón de la soberbia que nos envuelve y nos protege, esa es la tarea que tenemos pendiente. Resumiendo: deberíamos dejar de mirar al mundo desde nuestro propio ombligo.

Y llegados hasta aquí, podemos preguntarnos, ¿y por qué tenemos miedo a no tener la razón? ¿Por qué tenemos miedo a vivir equivocadamente? ¿De dónde surge ese miedo? ¿Vivir en lo acertado nos hace más felices? ¿Creernos acertados nos asegura haber acertado? Si nos miráramos con ánimo de vernos, nos daríamos cuenta de que nos equivocamos cada dos por tres. Siempre. La realidad nos demuestra que vamos de equivocación en equivocación en la vida, como si fuéramos dando traspiés por un camino plagado de trampas. No queremos admitirlo, pero ya tenemos los morros amoratados y las rodillas desolladas de tanto traspiés, aunque continuemos explicándonos cualquier milonga que apacigüe el espíritu. Nunca lo admitiremos. Siempre, al mirar atrás, describiremos la trayectoria del pasado como si no hubiera habido otra alternativa, como si no hubiera habido otro camino en la razón que acabase mansamente en nuestros pies. Y siempre, al describir el camino, explicaremos los hitos como si hubieran sido buscados y peleados, como si la fortuna nos nos hubiera abofeteado una y otra vez con lo insospechado. Queremos convertirnos en los héroes certeros de nuestra propia vida, de nuestra propia narración. Y nos mentimos. Nos mentimos despiadadamente. Porque en el fondo, sabemos que nunca quisimos ser lo que somos. Todos. No se me esconda nadie. Rebusquemos en los sueños olvidados y encontremos lo que nunca hemos llegado a ser. Pero a eso, a haber deseado ser otro sin haberlo conseguido, a eso le llamamos fracaso. Y el fracaso está mal visto en la caverna. Fracaso se escribe con el lodo más maloliente de la caverna. Pero, otra vez nos equivocamos. Porque en fracasar y levantarnos consiste nuestra esencia. Como si fracasar y levantarse no fuera tarea de titanes. Fracasar es la condición natural del ser humano. Como también lo es la de seguir adelante en busca del siguiente fracaso. Pero, mientras tanto, el mundo sigue moviéndose de mentira en mentira. Como si nuestra finitud y nuestras mentiras no existieran. Como si existiera un destino trascendental en nuestra identidad. ¡Hay que ser un verdadero campeón de la soberbia para creer tamaña burrada!

Aunque, eso sí me gustaría dejar claro, igual que digo que fracasar es nuestro sino, también afirmo que somos muy grandes. Fracasados, sí, insisto, pero muy grandes. Somos unos seres maravillosos. Aunque solo lo seamos cuando nos desnudamos para mirarnos tal cual en el espejo, sin envoltorios. Somos muy grandes cuando comprendemos la verdadera finitud de nuestra existencia y aún así seguimos buscamos la trascendencia o la inmotalidad sabiendo que, sin posibilidad alguna, fracasaremos en el intento. Eso sí es ser grande.

No hay comentarios:

Nos gustará escuchar tu opinión, aquí