04 julio, 2016
Entren los desgraciados, por favor.
Se me pongan en pie, por favor. Se me pongan en pie para recibir a los desarrapados. Abran por fin la puerta central, ábranla bien, de par en par, y que entren los más desgraciados de la caverna. Recibámoslos con solemnidad. Agachemos nuestras cabezas en señal de respeto, como muestra de reconocimiento por su tesón en sobrevivir en la miseria, por el sufrimiento en el que se ahogan, por la injusticia con que les abofeteamos, por las noches sin dormir, por los días de hambre, por las horas de terror. Que entren los sin casa, los que viven sumergidos en el frío de la noche, que entren y olviden al fin los sucios suelos de los cajeros y los duros bancos en noches de invierno. Que sepan que volverán a comer un plato caliente y que jamás volverán a recibir una mirada de odio o de miedo. Que entren las mujeres violadas, las que soportan las hostias del borracho, los reproches del animal celoso, que entren las que callan y aguantan la violencia porque temen por sus hijos, que entren y reciban de nosotros el reconocimiento de la culpa, que sepan que debimos estar a su lado para acompañarlas a tomar una decisión y ayudarlas a ser libres. Hagan su entrada, por favor, hagan su entrada de una puñetera vez y nos escupan a la cara nuestro olvido e indiferencia. Que entren también los que aún no se ahogaron en el Mediterráneo. Que entren también porque supieron sobrevivir con la cabeza muy alta a pesar de encontrar solo alambradas de espino, golpes o indiferencia. Que entren todos, por favor. Igual, así, dejaremos de engordar nuestros horondos culos con el afán de la gula; y dejaremos de tejer jerséis para perros, como si ellos sí merecieran la humanidad que a otros negamos; o dejaremos de llorar por los sinsabores de esos niños malcriados que endiosamos porque saben dar patadas a un balón. Igual así repararemos de una puñetera vez en la injusticia con la que hemos adobado la caverna. Igual así dejaremos de jalear a esos que roban a costa de la miseria de los demás y no volverán a ganar jamás unas puñeteras elecciones. Igual así reclamaremos de los que tienen la obligación de defendernos que, al fin, nos defiendan. A todos. Incluso que defiendan a los que nada tienen porque nada les hemos ofrecido. Mejor dicho, igual así defenderán de una puñetera vez a los que realmente necesitan ser defendidos.
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