22 enero, 2016

Heisenberg en política

Hace casi un siglo, en 1925, un científico puso patas arriba la física. La física de lo pequeño. La que mira a lo minúsculo y, quizás, más esencial. Aunque yo sospecho que las intuiciones de este señor van mucho más allá. Igual meto la pata, pero si tuviéramos una mirada muy gorda, gigante, ¿no tendría sentido también el principio de incertidumbre? Y más. Cuando pienso en la caverna, Heisenberg se me presenta siempre como un lúcido visionario. Hoy he pensado en la política de la caverna y, otra vez, Heisenberg ha aparecido desde el fondo, sonriente y un poco soberbio. Como si él supiera algo que nosotros aún no acabáramos de entender. ¡Qué cabrón!, he pensado. Que conste que no había bebido. Quizás estaba un poco atontado, lo reconozco. Estaba como recogido en una suerte de duermevela o de sopor siestero. ¡Qué bien me ha quedado! En fin, que Heisenberg estaba ahí apuntando con el dedo. Y yo he mirado, pero tampoco he acabado de ver claro. Es que donde no hay mata, no hay patata.

Intentaré explicarme. Dijo Heisenberg algo así como que la medida siempre acabará perturbada por el propio sistema de medición. Me acomodo para poder explicarme mejor. Si miramos, introducimos otro elemento en el hecho o sistema observado, y ya cambiamos lo mirado. Así pues, al intervenir, perturbamos la medida. No sé si me explico. El amigo Heisenberg lo relacionaba todo esto con electrones y fotones. Pero yo, como mucho, solo entiendo de futones y catres. En fin, el caso es que el dedo que señalaba Heisenberg me apuntaba para aplicar ese principio a la política. Y a mí, por un momento, el principio me funcionó. Lo aplico como muestra: la política es un teatro, en el sentido de que se actúa y, a partir de la reacción del que mira, el sistema se resignifica. O se interpreta de nuevo. O se modifica y acomoda. Como queramos decirlo. Esto es: la política es un toma y daca entre los actores y los espectadores. Se busca provocar una reacción y la reacción se convierte en causa de otra acción política. La política, pues, sería una obra de teatro sin destino fijo. Sin final ni finalidad. O eso me pareció a la vista de la práctica actual en la caverna.

¿Y qué pasa ahora con Rajoy, Sánchez, Iglesias o Rivera? Pues que actúan y recogen la reacción de la mirada para redireccionar el camino. ¿Por qué? Pues porque todos quieren gobernar y ganar en poder. ¿Para? Pues se supone que para encontrar el camino más ancho y plácido. Se supone. Heisenberg aplicado a la política, pero a la pequeña política. La insustancial. Porque, en lugar de obsesionarnos con la reacción ante el hecho puntual, ¿no deberíamos fijarnos en cuál es el camino que queremos seguir? ¿Qué ha hecho ahora Iglesias? ¿Teatrillo o busca enderezar algo? El teatrillo busca la reacción inmediata y el beneficio rápido. Pero no es más que una pantomima sin trascendencia. Y en éstas se nos han instalado los voceras y especuladores de la actualidad. Y en éstas también parecen querer nadar los políticos. Pero no. Que no. No es ésa la política que deberíamos querer. No es la política de lo pequeño, de los gestos, de la reacción que busca el aplauso inmediato. Aún debemos creer en los caminos. Y los caminos son las ideologías. No nos podemos dejar engañar. Porque aquellos que proclaman la muerte de las ideologías, solo desean una caverna pastosa y ahogada en cieno maloliente. Las ideologías son las que mantienen sueños y no sucumben a los gestos. Las ideologías, igual, un día nos sacarán de la caverna para poder respirar el aire puro del bosque. La mirada que verdaderamente puede cambiar la política no se queda en lo pequeño, no se instala en la discusión de lo intelectualmente insustancial. La mirada que debe incidir y cambiar el sistema es la que mira mucho más allá. La que se fija en el camino y en el horizonte incierto que nos debe sacar de la caverna. Y para eso necesitamos una buena mirada. Gorda. Bien gorda. Potente. De las que mueven galaxias y no electrones. No la mirada de los bocazas, sino la de la voluntad mayoritaria.

No sé, me da que Heisenberg no me acaba de funcionar. Y el muy cabrón sigue sonriendo ensoberbecido.

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