Imaginemos por un momento que no estamos en la caverna. Imaginemos por un momento que no hay nadie en su sano juicio que dude de que el partido del gobierno ha estado pagando sobresueldos a sus dirigentes. En negro. Imaginemos por un momento que los mismos que reclaman el pago de impuestos, hubieran estado evitando el pago de los suyos de manera sistemática. Imaginemos por un momento que el partido del gobierno hubiera nombrado a ladrones como dirigentes de bancos. Por un momento, imaginemos también que el partido del gobierno hubiera mantenido una trama mafiosa de cobro de comisiones a cargo de las arcas públicas. Imaginemos por un momento que una buena parte de los dirigentes del partido del gobierno están imputados o encarcelados por tejemanejes mafiosos. Imaginemos también que el partido del gobierno es investigado por destruir pruebas. Además, imaginemos que el que fue número tres de la vicepresidenta del gobierno dimitió porque se descubrió que había favorecido la malversación de dinero público. De manera sistemática. A través de una empresa pública. O semipública. O la madre que parió a sus empresas. Por último, imaginemos también que nadie dimite ni hay nadie que asuma la responsabilidad de tales desmanes. Insisto en la primera cuestión: imaginemos que no estamos en la caverna. Hay algo que no encaja, ¿verdad? ¿Qué no encaja? Pues que sí, sí estamos en la caverna. Todo esto pasa hoy en la caverna. Y mientras todo eso pasa, las hordas aplauden a sus dirigentes. En la caverna, por lo tanto, somos mucho de robar. Siempre y cuando sean los nuestros los que roban. Claro.
Yo es que me imagino las reuniones de los dirigentes del PP. Ante tanta y tanta mangonería e impunidad, seguro que hay risas de complacencia. Entre ellos se cruzarán palabras de felicitación y abrazos de complicidad. Seguro que hay más de uno que piensa y dice, "esto es jauja, aquí no hay Dios que nos toque". Aunque, seguro que entre ellos hay alguien un poco más prevenido. Al menos habrá uno que mantenga la cabeza fría. Seguro que debe haber alguien que no estará convencido de poder salvar siempre el culo. Más de uno ha caído ya. Ése, ése que es más prevenido, debería recordar la película Pulp Fiction y decir en voz alta a sus amiguetes, "caballeros, no empecemos a chuparnos las pollas todavía". Y es que, más tarde o más temprano, a todo cerdo le llega su san Martín. O al menos aún nos queda esa esperanza.
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