Confieso que me fascinan los mamporreros. El oficio, digo. Eso de conducir en la buena dirección la verga de un semental, es un arte, sin duda. Porque el semental solo piensa en meterla. Sin más. Le puede el ansia. No hay equilibrio ni cálculo que valgan en esos momentos. Y la hembra no puede ayudar mucho a redireccionar el empuje. En el caso de las yeguas, se entiende. Así que el mamporrero debe conseguir no desperdiciar los jugos del amor. ¡Qué mierda de frase me acaba de salir, cielos! Es igual, avanzamos. Pero al mamporrero no le interesa tanto que la pareja satisfaga el deseo ciego, sino que lo satisfaga como Dios manda. Me explico mejor. Al mamporrero lo que le importa de verdad es aprovechar hasta la última gota del ardor ciego. ¿Para qué? Pues para que los amos de los implicados saquen un buen provecho de todo eso. El mamporrero no está al servicio del semental o la yegua, sino al servicio del dueño del nuevo potro.
En la caverna también tenemos mamporreros. Pero no les llamamos así. Debe ser porque no somos caballos. El caso es que ellos se encargan de dirigir nuestras ansias para que nuestro amos saquen provecho de todo eso. Ayer un obispo dijo que éramos unos indecentes y unos enfermos. Pero, cuidado, ahora no se me amontonen todos para darle un lametazo al bisolvón. No es eso. La enfermedad a la que se refería el obispo es que hemos votado mal. Muy mal. ¡Joder, pero eso es lo que tiene la democracia! Te dejan te dejan y acabas por votar mal. O por meterla donde no debes. Suerte que José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, nos quiere enderezar la verga. Por nuestro bien. Nosotros nos excitamos, nos venimos arriba y vamos y metemos la papeleta que no era. Si nos hubieran llevado de la mano a votar y nos hubieran dado un pescozón en caso de desvío, no hubiera pasado esto. Pero nos dejaron votar a quien quisiéramos y ahora estamos enfermos. Una eyaculación desperdiciada. A saber cómo habremos puesto todo perdido. ¡Qué imagen, por Dios! Es que en la caverna, a veces, parece como que nos dejaran pensar demasiado.
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