15 diciembre, 2015

Mujeres que mueren

En la caverna siguen muriendo mujeres. Asesinadas. Aterrorizadas mucho antes, consumidas en la soledad. Los golpes ya habían llovido en interminables tormentas. Durante años, desde la eternidad, pudriendo todo cuanto había a su alrededor, emborronando cualquier otro pasado. El mundo, una caverna maloliente. Las esperanzas se hicieron trizas, dispersas en mil pedacitos de cristal verde, perdidos bajo el lodo de la caverna. Antes de morir solo quedaba un recuerdo nauseabundo de lo que nunca tuvo que ser. Pero el hijo de puta había seguido con el puño bien cerrado. Amenazante y envalentonado. Todo un macho. A veces, solo la muerte es capaz de acabar con el sufrimiento, cierto. Pero, cuando solo la muerte es solución, es que el mundo ha abandonado a sus criaturas. Nadie acudió a los gritos y gritar se había convertido en un lamento sordo. Nadie le ofreció una mano abierta. Y el hijo de puta lo sabía. Contaba con su fuerza y con el silencio cómplice de los que miraron hacia otro lado. Con los golpes, el sufrimiento; con el silencio, las esperanzas ahogadas en la ciénaga. Nada más.

En los salones, mientras tanto, los gráficos han salido muy bonitos. ¿De qué color se pinta la muerte? ¿De qué color se pintan las columnas de mujeres asesinadas? ¿Columnas pintadas de hipocresía o de necedad cómplice? ¿Y las putas? ¿Las metemos como si fueran mujeres o las olvidamos como a putas? Es que igual las putas desmontan las columnas. Déjalo para otro día, hoy hay mitin. Bonita corbata. ¡Miserables de salón! ¡Las formas, por Dios, las formas!

En la caverna siguen muriendo mujeres. Porque son asesinadas.

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