19 diciembre, 2015

Nación

En el devenir cavernario es muy importante distinguir entre la propia caverna y las otras. Es importante porque la mierda, cuando es tuya, parece que no sea tan mierda. El aspecto mejora. Hasta huele mejor. Menos a mierda, vamos. No sé si me explico. Muchos de nosotros nos sentimos orgullosos de nuestra propia mierda. Hubo un tipo, Freud, que algo dijo al respecto. Pero hablaba de críos. No sé.

El caso es que hay problemillas entre cavernas. Si nosotros estamos hasta el cuello de mierda, hay otros que se ahogan. Y, claro, se tienen que largar de sus cavernas. Pero vienen a meterse en la nuestra. Con nuestra mierda y, encima, con la suya a cuestas. Por eso nos los miramos por encima del hombro. Aquí somos mucho de mirar por encima del hombro. Nos gusta. Es elegante. Y marcas territorio. ¡No se nos vayan a subir a los bigotes! Hasta tenemos una receta: nos los miramos por encima del hombro; les abofeteamos con tres o cuatro prejuicios bien armados; un escupitajo a la cara; y, por fin, soltamos a los bocazas para que nos hagan dormir tranquilos. Lo hacemos muy bien.

Los bocazas, para defender nuestra caverna, nos explican historias. Muy bonitas. Suerte de los bocazas que, si no, igual hasta nos largábamos de la caverna. Los bocazas tienen la habilidad de convertir una oligarquía déspota en una república humanista. Han convertido una guerra de sucesión en otra de secesión. Y en un plis plas. Nos ha quedado niquelada. Otros nos explican historias de necios que reconvierten en prohombres. Aquí, el más cabrón, acaba siendo un santo varón liberador de masas. Suerte de los bocazas. Y suerte de la caverna con nuestra mierda.

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